COMPRENDER Y ACEPTAR LOS TIEMPOS

01/02/2013
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No se preocupen por el día de mañana, porque mañana habrá tiempo para preocuparse. Cada día tiene bastante con sus propios problemas. (Mt 6:34, según la Biblia “Dios habla hoy”).

A menudo, Yahvé reprende a Israel y le recuerda que sus planes no tienen por qué coincidir con los del Pueblo Elegido.

Como seres humanos, nuestra percepción de los planes de Dios -o, si lo prefieren, de las dinámicas que orquestan el Universo- es limitada; como también lo es nuestra comprensión de los tiempos. Nuestra condición terrena nos lleva a juzgar demasiado pronto, a exigir demasiado pronto, a querer medrar demasiado pronto. Sin embargo, como muy sabiamente dejó escrito Qohelet (autor del librito bíblico Eclesiastés), todo en la vida tiene su hora.

Un momento para nacer, y un momento para morir. Un momento para plantar,
y un momento para arrancar lo plantado.  Un momento para matar, y un momento para curar. Un momento para destruir, y un momento para construir.  Un momento para llorar, y un momento para reír. Un momento para estar de luto, y un momento para estar de fiesta. (Ecl 3:2-4, según la Biblia “Dios habla hoy”).

El sistema en el que vivimos nos impone una dictadura tras otra; y la dictadura del tiempo -tal como dicho sistema la concibe- es una de las que más nos está dañando. Correr sin ton ni son nos lleva al activismo (es más, quien más hace); al consumismo (lo queremos todo y ahora); al atolondramiento (idolatramos lo material y descuidamos a las personas).

En el marco de la crisis económica y moral que vivimos, el sistema no nos brinda ansia por entender, sino más bien, ansia por una solución rápida a nuestros problemas. ¿A quién no le gustaría que su desgracia durara menos tiempo? ¿A quién le desagradaría que la reparación de la afrenta que ha sufrido se produjera en vida? ¿A quién no le escandaliza el sufrimiento del justo aquí y ahora?

La filosofía vital que nos propone el sistema no valora en positivo que, aun siendo importante la meta hacia la que caminamos, no menos importante resulta la trayectoria que nos habrá de llevar a la misma. Vivir instalados en un futuro que nunca llega nos impide disfrutar de las perlas de felicidad que nos otorga el presente. Aun en nuestra mayor desesperación, duda, abatimiento, enfermedad o quebranto económico, la paciencia ha de ser la mejor consejera. Y no se trata de un consuelo para tontos, ya que, desde el Cristianismo, pasando por el Islam y el Judaísmo, hasta las filosofías, caminos y creencias de mayor arraigo en el mundo, hablan de que no estamos solos. Unos lo llaman Dios; otros lo llaman el Universo. Con independencia de cómo deseemos definirlo, disfrutamos de la ayuda de fuerzas poderosas que escapan a nuestro control y, frecuentemente, a nuestro entendimiento.

Algunas personas no encuentran aquello que les apasiona hasta pasados los cuarenta y, sin embargo, otras saben con 10 años que su pasión es la medicina. Determinados individuos se casan con 20 años, seguros del amor que han elegido, mientras que otros ven caer los años en el calendario y encuentran su media naranja cuando ya peinan canas.

Resulta tentador caer en la torpeza de comparar una vida con otra y, aun peor, considerar que una de ellas es mejor que la otra, sencillamente porque un ser humano logró quemar etapas más pronto que su prójimo. Cada vida es única y no podemos caer en el error (¡y la injusticia!) de juzgarla con aires cortoplacistas. Allá donde el sistema ve un fracaso en el ámbito profesional, el ser humano sensato ve un paso de gigante que permite madurar y aprender de los errores; donde ve un hombre justo que sufre desgracia tras desgracia, de modo inexplicable, el ser humano sensato trasciende el presente y cree firmemente en que la bendición está por llegar… en el momento justo; donde ve que las oraciones de un creyente parecen no ser escuchadas, el ser humano sensato llega a entrever que el Hacedor o el Universo prefiere no conceder lo que se ruega porque el momento preciso de recibir y agradecer no ha llegado aún.

Con frecuencia, escuchamos que el tiempo de Dios (léase, si lo prefieren, del Universo) es perfecto. Por consiguiente, si vemos que las circunstancias nos sobrepasan y nos llevan a la desesperación porque no logramos entender lo que pasa a nuestro alrededor, juzguémoslo desde otra perspectiva que trascienda nuestro propio, y siempre limitado, entendimiento racional. Al fin y al cabo, vale la pena analizar las cosas desde otro prisma. Aquello que calificamos como negativo en el corto plazo puede convertirse en algo beneficioso en el largo plazo. Como seres humanos, crecemos a partir de nuestras experiencias, independientemente de que sean positivas o negativas.

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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