CAUSAS Y EFECTOS

11/05/2018
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causas y efectos

 

Todo lo que sucede en nuestra vida tiene una motivación concreta. Y sufrimos mucho en la medida en que no conocemos las causas que provocan ciertos efectos en nuestras vidas. Lo peor de todo es que, para cuando comprendemos el sentido de ese sufrimiento, nos hemos pasado media vida sufriendo indeciblemente.

En otras ocasiones, no se trata de sufrir dolor, sino más bien de no comprender el sentido de ciertas cosas hasta que, pasados unos meses o, más frecuentemente, pasados unos años, entendemos que aquello tenía un sentido. De alguna manera, rememorando las palabras de Steve Jobs, somos capaces de conectar los puntos (connecting the dots) hacia atrás, nunca hacia delante.

Hace unos meses hice mías sus palabras. Trabajo en una empresa británica que se dedica a la venta masiva de automóviles a través de subasta. Cada coche es identificado a través de un número de lote (como sucede en cualquier subasta de objetos de arte, por ejemplo), pero también a través de la matrícula; concretamente, mediante las tres últimas letras de cada placa. El día a día exige que los compañeros de trabajo comuniquemos oralmente las matrículas (número por número y letra por letra), algo que puede resultar arduo y trabajoso para un inmigrante que no domina el inglés a la perfección.

Recuerdo con nostalgia a un profesor que nos obligó a aprender a vocalizar correctamente en inglés cada una de las letras del alfabeto. Nunca me quejé abiertamente por ello, como sí hicieron algunos de mis por aquel entonces compañeros de clase, pero reconozco que, con actitud estoica, traté de aprender de carrerilla aquella extraña manera de pronunciar el abecedario en inglés, espoleado por el extremo celo que siempre tuve hacia mis estudios (soy hijo. sobrino y nieto de maestros y profesores, una profesión curiosamente abundante en mi familia). Tan en serio me tomé la tarea que, más allá de la necesidad de reajustar mi pronunciación al acento propio de la región británica en la que vivo, soy perfectamente capaz de deletrear una matrícula en inglés, lo que, a la postre, es una destreza tan cotidiana como básica para desarrollar con acierto y presteza mi labor de agente de ventas en esta empresa.

Ser consciente del modo en que, más de treinta años después, la tarea que mi profesor de inglés me encomendó en mi tierna infancia está suponiendo una diferencia, me lleva a contemplar con ojos de niño el universo en el que vivo. La creación, casi de modo automático, deja de ser un entorno caótico o fortuito. De hecho, se convierte, afortunadamente, en un todo con sentido. Siento que no navego en un entorno de caos, sino en un incomparable puzzle donde cada una de las piezas encaja perfectamente con todas las demás.

Hablaba,  en el comienzo, del modo en que tendemos a sufrir en la medida en que no somos capaces de intuir el orden dentro del tan sólo aparente caos. Es nuestra responsabilidad viajar a nuestro interior para analizar nuestra vida con perspectiva y tratar de analizar el cuadro al completo. Quizá, por mor de nuestra edad adulta, hemos olvidado la facilidad con la que, siendo niños, contemplábamos en universo como un entorno mágico en el que cada efecto tiene una causa; en el que cada episodio vital tiene un porqué.

 

Raúl es teólogo, periodista y conferenciante ocasional. Ha trabajado, entre otros, en medios radiofónicos del grupo EITB. Además, ha dedicado los últimos tres años a su blog personal “Salburua” y a editar dos ensayos. Sus planteamientos beben en las fuentes del monoteísmo. Sin embargo, su talante dialogante le aleja de concepciones férreas y ortodoxas y le coloca siempre a la búsqueda incansable de esa verdad que sólo entre todos podemos encontrar.
Raul Diaz de Arkaia
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